Amistad. Las hay de muchos tipos, verdadera, de conveniencia, fugaz, íntima... Hay amistades que te llenan y otras que no, otras que se convierten en historias de amor y otras en simple roce. Unas acaban bien, otras mal y otras simplemente no lo hacen. Pero, sin lugar a dudas, las mejores y las que mayores alegrías te dan son las que te llenan. Aquellas que pase lo que pase sabes que perdurarán.
Esos amigos son los que estarán en los mejores y peores momentos, para reírse contigo y de ti, para enfadarse cuando no haces lo que debes o para levantarte cuando te la pegas. Y todo esto sin pedir nada a cambio. Los que, aunque paséis un tiempo sin hablar, cuando volvéis a hacerlo es como si hubierais hablado la noche anterior. Y por muy lejos que viváis la relación en vez de desaparecer sale reforzada. Con quienes nos tiramos horas hablando y haciendo tonterías, incluso viendo la tele sin decir nada, porque el tenerlos al otro lado de la línea es suficiente para sentir que están cerca. Acaban por convertirse en asiduos a tu casa, de tus cenas familiares, incluso de tus viajes. Compartes con ellos las fechas más importantes y, además, es algo que te hace especial ilusión. A quienes anhelas ver como a lo que más. Y por quienes estás dispuesto a hacer lo que haga falta sin pensarlo dos veces. Los culpables de que hagas los mayores ridículos de tu vida, a la vez que te hacen reír como nadie. Los que te conocen a la perfección, que saben qué decir en el momento exacto y con el tono exacto. Tanto que se terminan por convertir en tu equilibrio.
Esas amistades no se buscan, simplemente aparecen "plof" y te hacen la persona más afortunada del mundo. Porque la familia no se elige, pero los amigos sí y son los que se acaban convirtiendo en tu familia. Y, sin duda, la elección que hice el día que te escogí fue de las mejores que he hecho. Porque tú para mi eres todo eso y más.
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